Reseña | 1 de Julio del 2025 | Isabella Torres
No hay mejor palabra para definir a The Rose que “versátil”, y fue esa característica la que los hizo debutar en 2017 con una canción alejada de los estándares comerciales de la industria musical coreana: ‘Sorry’, con una melodía suave y melancólica, los posicionó en las listas de Billboard, un logro importante para una banda emergente que solía tocar en los bares y las calles de Hongdae. Todo esto mientras se encontraban a la sombra de un fenómeno que comenzaba a tomar fuerza en Estados Unidos: el K-pop. Para ese momento, BTS se presentaba en los American Music Awards, llevando coreografías complejas, una estética impecable, canciones brillantes y enérgicas al oído de un público global.
A pesar de ese contexto, The Rose logró forjar su propio camino. En estos siete años, la banda formada por cuatro integrantes —Woosung, Dojoon, Hajoon y Taegyeom — ha sabido plasmar en su música una paleta amplia de géneros, fuertemente influenciada por el rock y el britpop. A través de sus voces, han transmitido emociones como el vacío, la pérdida, el amor propio y la inseguridad, lo que consolida esa cara polifacética que los distingue. Sin embargo, hay algo que se ha mantenido constante: un mensaje transversal en toda su discografía. La música tiene el poder de sanar, y es allí donde The Rose encuentra sus raíces.
Quizá lo más emocionante de The Rose es la experiencia que ofrece al escucharlos y su capacidad para contar historias. Ninguna canción está puesta al azar, y aunque sus álbumes no alcancen una estructura conceptual, logran construir un relato emocional de principio a fin. Esto se hace evidente desde las introducciones atmosféricas que comenzaron a explorar en Heal (2022), con temas como “~”, que evoca la naturaleza y la calma. El símbolo funciona como una ola de emociones que anticipa la narrativa, incluso antes de cualquier palabra. En “숨” [sum], la primera canción de este nuevo álbum, no es diferente. Su título, escrito en hangul, significa “aliento”; pero, si nos detenemos a observar sus trazos, pueden asemejarse a una casa. La canción, que dura casi tres minutos, repite una y otra vez la frase “estoy regresando a ti”, acompañada tan solo por una guitarra acústica, cuyos acordes laten como un corazón. Si unimos ese minimalismo sonoro con el simbolismo visual del título, se podría intuir que The Rose está tratando de regresar a su hogar. Y, en ese gesto íntimo, también nos lleva de vuelta a quienes los hemos seguido desde sus primeros trabajos a un reencuentro emocional con su identidad más profunda.
En ‘WRLD’, la banda expande su sonido de una forma que no habíamos escuchado antes —al menos dentro de su discografía— y eso es precisamente lo que se aprecia: The Rose se permite explorar su arte. Por eso es difícil encasillarlos en un solo género. Aunque se han catalogado como pop rock alternativo, los cuatro integrantes han demostrado una capacidad genuina para moverse con soltura entre estilos. Ya lo habían hecho en DUAL, con el dubstep de “Alive”, el EDM de “Cosmos”, o el dramatismo casi teatral de la percusión en “Wonder”. También lo hicieron en Heal, con la disonancia de las guitarras eléctricas y una marcada influencia rockera en “Definition of Ugly Is”. Esa agilidad que tienen para transitar por diversos géneros se amplifica en ‘WRLD’; aquí, la transición entre un country enérgico, una balada acústica o un blues introspectivo ocurre con una suavidad casi imperceptible.
“Nebula” es prueba de ello. Con una melodía lenta y una instrumentalización delicada, casi contenida, actúa como una extensión natural del respiro que deja “숨” [sum], atravesado por una narrativa contradictoria: soltar o aferrarse a los sentimientos del pasado. A medida que el álbum transcurre, se hacen evidentes influencias muy marcadas de bandas como Coldplay, The Beatles, LANY o solistas como Jason Mraz, casi como un guiño a esos días en los que The Rose hacía covers de sus artistas favoritos. Pero, más allá de esas referencias, WRLD no se distingue por su complejidad sonora. Aquí no hay instrumentales densos, ni solos de guitarra, ni siquiera momentos en los que la producción desborde fantasía, como sucedía con “Beauty and the Beast”, un sencillo lanzado en 2021 con el que consolidaron un sonido propio y reconocible. The Rose habla de regresar a sus raíces, pero no vuelve a su esencia desde lo musical, sino desde su mensaje: crudo, coherente y humano. Esa es su fortaleza: hacer que lo simple emocione.
Así es como se entretejen todas las piezas, abriéndole paso a “O”, una canción donde las voces de Woosung y Dojoon toman el protagonismo. Es en los pequeños detalles donde se solidifica el trasfondo emocional de este álbum. Cuando se reveló el nombre WRLD, muchos intuyeron que hacía referencia a world, pero surgía la pregunta inevitable: ¿dónde estaba la letra que faltaba? The Rose responde dentro del propio disco, presentando esa letra ausente como una canción. “O” parece ser la clave que completa el significado del título, aludiendo a la forma redonda del mundo, pero también al concepto de unión. La letra lo refuerza con una declaración poderosa: “somos el mundo / nuestras voces resuenan y atraviesan los muros / no hay colores que nos dividan”.
La ligereza de esas canciones se desliza con naturalidad hacia “Tomorrow”, que cuenta con una producción limpia y sin excesos, apoyándose en una guitarra acústica y la percusión para adentrarse en el género country pop, esto refresca el disco y se siente como banda sonora de un viaje por carretera mientras te tomas un descanso, y repites, como un mantra: “el mañana es un mejor ayer”. Así mismo sucede con “Nevermind”, una balada de rock suave que invita a detenerse, liberándose a través de la indiferencia de las expectativas del mundo —“el mundo está girando rápido sin nosotros a su lado / honestamente, no me importa”—. Esto no solo se sostiene en la letra, sino en su interpretación vocal. Woosung abre la canción con un tono más tenue y distante, mientras que Dojoon sube la intensidad con una voz más brillante y expansiva. Juntos, alcanzan una armonía final que, fiel al espíritu de la canción, parece no necesitar estallar. Se queda suspendida en el aire, mientras se repite una y otra vez: “Llamé a las estrellas / esperando que escucharas mi corazón / honestamente, no me importa”.
Hacia el final del álbum, un riff de guitarra envolvente emerge para dar inicio a “Slowly”, una de las canciones que más brillo aporta a este trabajo. Lo curioso es que ese riff está a cargo del bajista, Taegyeom. Este detalle, aunque sutil, refuerza la narrativa central de WRLD. The Rose no es solo una banda versátil en cuanto a estilos musicales, sino también en el dominio instrumental de sus integrantes. Dojoon, por ejemplo, pasa sin esfuerzo del teclado a la guitarra eléctrica o acústica en un mismo concierto, y puede sostener una interpretación vocal con la misma naturalidad. Esta dinámica no es nueva: es la esencia con la que comenzaron haciendo busking, resolviendo sobre la marcha, sin artificios ni estructuras fijas. Tienen una complicidad artística que los impulsa a explorar sin limitaciones.
Hay algo que le da a “Slowly” una carga emocional poderosa, y es la interpretación vocal de Woosung. Su tono rasgado y quebradizo, logra contener la tristeza que quiere transmitir la canción: “Déjame lentamente llevar mi aliento lejos de aquí a un mejor lugar que llamo mi hogar”. Arrastra las palabras con una vulnerabilidad que envuelve la canción en una melancolía persistente y esta se traspasa a la voz de Dojoon, quien la recoge con más potencia, agregando un poco de desesperación a esa súplica. En sus voces se percibe el agotamiento, pero también un consuelo silencioso: el de permitirse sentirse mal sin tener que esconderlo.
En WRLD parece repetirse constantemente el anhelo de llegar a alguna parte, de terminar el viaje. Quien le da cierre a ese concepto es “Ticket to the Sky”; una canción que sugiere que, por fin, se ha encontrado un lugar en el mundo: “sentí el calor de tu abrazo y supe a dónde pertenecía”. La banda concluye el álbum con un folk acústico y una guitarra que, como en gran parte del disco, acompaña de forma íntima y cálida, abriendo espacio para la esperanza, pero también para los sueños. Es un álbum lleno de canciones suaves y delicadas que, al igual que su título, parecen querer “ralentizar el mundo”: un canto al camino que todos recorremos juntos en esta vida.
Paradójicamente, WRLD puede sentirse apresurado debido a su brevedad: cuenta con solo siete canciones, en contraste con sus dos trabajos anteriores, que incluían entre 10 y 11 temas. Esto podría explicarse, como mencionó Woosung en un Instagram Live, porque la idea original era crear algo más ruidoso; sin embargo, finalmente optaron por un enfoque más acústico y pausado, que los conectara nuevamente con sus inicios.
WRLD no es un disco explosivo como DUAL, ni se acerca a su esencia rockera de HEAL o sus trabajos anteriores. Es, más bien, un álbum mesurado, tranquilo, con arreglos precisos y sutiles, definido por un carácter crudo, ya que este álbum no tiene detrás a ningún productor o compositor más que ellos mismos. No es que los factores mencionados sean una desventaja para el álbum, pero sí genera una sensación de que su fortaleza se revela en vivo —como se aprecia en el performance que subieron a su canal de YouTube, con casi 22 minutos de duración—, y es que The Rose ya ha demostrado que es una banda que no se puede evaluar solo por su discografía, sino que se necesita experimentarla arriba del escenario.
El álbum logra su objetivo: regresar a su esencia con honestidad. En sus letras no hay adornos innecesarios, sino emociones universales. La música de The Rose sigue siendo un refugio emocional, un idioma común para sanar.
Y entonces queda la pregunta: si WRLD es un regreso al origen, ¿qué camino elegirá The Rose en su próximo destino?